Don Pedro Félix Soto González: memoria de un hombre del Valle León
El viento de la Patagonia suele llevarse las palabras, pero algunas historias se quedan. Permanecen en la tierra, en los cercos levantados a pulso, en los senderos abiertos a caballo y en los recuerdos que resisten el paso del tiempo.
Esta es la historia de Pedro Félix Soto González, un hombre nacido en la orilla del Lago General Carrera, que hizo de la vida dura del sur una forma de dignidad.

El origen
Pedro Félix Soto González nació el 20 de noviembre de 1938, en Puerto Guadal, a orillas del inmenso Lago General Carrera, en la región de Aysén.
Su padre había llegado desde Lago Blanco, Argentina, cruzando montañas y fronteras como tantos pioneros de la Patagonia. Su madre, en cambio, venía desde Temuco, en el sur de Chile. Ambos se conocieron en Puerto Guadal y decidieron quedarse allí, formando una familia en esa tierra de vientos fuertes y horizontes abiertos.
Pedro fue uno de cuatro hermanos: dos mujeres y dos hombres. Pero la vida, desde muy temprano, le enseñó que la infancia también puede ser frágil.
Cuando él tenía apenas dos o tres años, su madre falleció al dar a luz a una de sus hermanas. La familia quedó quebrada por ese golpe.
La hermana mayor fue llevada por unos tíos hacia el norte, a Temuco, donde la internaron en un colegio de monjas. La menor quedó al cuidado de una tía. Pedro, demasiado pequeño para entenderlo todo, creció casi solo junto a su padre.
Recuerda que lo seguía para todos lados.
—El viejito me llevaba con él… para donde fuera —diría muchos años después.
Pero la vida de su padre también se volvió difícil. Con el tiempo se fue quedando sin recursos, y fue entonces cuando apareció una madrina que cambiaría el rumbo del niño.
Los años en Argentina
La madrina de Pedro tenía un gran negocio en aquellos años y decidió hacerse cargo de él. Así fue como el niño cruzó la cordillera y llegó a Los Antiguos, Argentina, un pequeño pueblo que entonces tenía apenas un par de casas.
Allí pasó casi ocho años de su vida.
Estudió, creció y conoció otra realidad, aunque siempre con la memoria puesta en Chile. Finalmente, cerca de los diez años, regresó al lado de su padre.
Ese regreso marcó el comienzo de una vida distinta.
Aprender a trabajar
Desde muy joven, Pedro entendió que en el campo cada mano cuenta.
A los 12 o 13 años ya trabajaba en pequeños oficios, ayudando en lo que podía.
Picaba leña.
Llevaba agua desde el lago.
Ayudaba en las esquilas.
Uno de sus primeros trabajos fue como ayudante de cocina en las temporadas de esquila. Allí cargaba agua, partía leña y llevaba el almuerzo a los esquiladores que trabajaban con el rebaño. Todo bajo la mirada de doña Isabel esposa de Catalán, la cocinera que dirigía la faena.
Eran jornadas largas, pero para él significaban algo importante: aprender a ganarse la vida.
El servicio militar
En 1957, cuando tenía 19 años, Pedro hizo el servicio militar en Coyhaique.
Salió al año siguiente, ya con veinte años y con la certeza de que su camino estaba en el trabajo del campo.
Pero todavía le quedaba encontrar su lugar definitivo.
Llegar al Valle León
Ese momento llegó en 1960.
Pedro se trasladó al Valle León, una zona aislada donde en aquellos años no había caminos y casi todo se hacía a caballo o en bote.
Allí trabajó con Carlos Vargas, cuidando ganado y haciendo labores de campo. Un día decidió pasar a saludar a un antiguo conocido dueño de un fundo que había prometido ayudarlo: don Augusto Zumelzu Vásquez
Aquel encuentro cambiaría su destino.
—Este año Julio Berrocal va a entregar el puesto —le dijo—. ¿Por qué no vienes a trabajar conmigo?
Pedro aceptó sin dudar.
Le ofrecieron cuidar las vacas del campo. El sueldo era de 25 escudos y además un 20% de los terneros que nacieran.
Si nacían diez, dos serían para él.
Para un hombre joven, era una oportunidad enorme.
Y la aprovechó.

El primer terreno en tiempos difíciles
Después de trabajar con Augusto Zumelzu, don Pedro trabajó catorce años con dedicación absoluta en el campo Santa Marta del doctor Robinson Rebolledo Fonseca.
Aceptó sin pensarlo demasiado.
Cercos, ganado, animales, trabajo de sol a sol. Todo lo que había aprendido desde niño empezó a dar frutos.
A comienzos de los años setenta llegó la reforma agraria.
El campo que Pedro administraba tenía 1.900 hectáreas y fue expropiado. Se planeaba repartirlo entre nuevos pobladores y querían que Pedro se integrara al asentamiento, incluso que fuera su presidente.
Pero Pedro se negó.
Tenía un acuerdo previo con el dueño y decidió respetarlo. Esa decisión le trajo problemas y enemistades.
Muchos no entendieron su postura.
Fueron años tensos. Pero finalmente, después del golpe militar de 1973, el campo fue devuelto a su dueño original.
Con el paso de los años, y gracias a un trabajo constante y silencioso, Pedro logró comprarle al doctor Rebolledo un terreno de 600 hectáreas. Aquel no fue solo un negocio ni la adquisición de unas tierras; fue el comienzo de su verdadera vida como poblador independiente. Por primera vez, el sueño de tener algo propio dejaba de ser una esperanza para transformarse en realidad.
Mientras los años seguían avanzando, Pedro fue echando raíces profundas en ese lugar. Allí levantó su vida, construyó su historia y vio crecer a su familia. Y allí permaneció.
Hasta hoy.
Amor, pérdidas y familia
Pedro se casó por primera vez cuando tenía 19 o 20 años. Su esposa fue Magdalena Soto Arabena, con quien tuvo tres hijos:
- Maruja
- Silvia
- Orlando
Pero la vida volvió a golpearlo.
Magdalena falleció cuando él tenía alrededor de 30 años, dejándolo solo con tres niños pequeños. Para poder seguir trabajando, los dejó temporalmente al cuidado de familiares.
Fue una etapa dura.
Con el tiempo conoció a Lidia Serón Soto, nacida en el sector de Murta, hija de padres provenientes de Puerto Montt y Los Muermos.
Se casaron.
Y la vida volvió a empezar.
Con Lidia, que fue secretaria del comité de campesinos de Puerto Guadal, formó una nueva familia y tuvieron tres hijos más:
- Robinson Soto Serón
- Carolina Soto Serón
- Pedro Soto Serón
Hoy llevan más de 50 años de matrimonio.
Toda su vida familiar se ha desarrollado en el Valle León, donde crecieron sus hijos y donde el campo sigue siendo el centro de todo.
Construir comunidad
En los años sesenta no había mucho en la zona. Ni caminos, ni organización.
Pedro participó en la formación de la junta de vecinos y llegó a ser presidente en dos períodos. Entre los pobladores organizaban trabajos comunitarios:
- limpieza de terrenos
- construcción de cercos
- apertura de caminos
Instituciones como INDAP comenzaron a apoyar esos esfuerzos.
Era una época en que el progreso se construía entre todos.

Vivir en la Patagonia
Las dificultades eran muchas.
Para sacar la lana del campo había que cargarla en carretas y atravesar el río León. Cuando el río crecía, debían cruzarlo por un pozón profundo, arriesgando perderlo todo.
A veces había que bandear el río dos veces.
Pero así era la vida.
Y nadie se rendía.
La hermana perdida
Hay una historia que aún duele en la memoria de Pedro.
Su hermana mayor, la que se llevaron los tíos a Temuco cuando tenía nueve años, desapareció de la vida de la familia.
Nunca volvieron a verla.
Con los años intentaron buscarla:
Carabineros, registros civiles, investigaciones familiares.
Algunos rastros aparecieron.
Se supo que vivió en Puerto Montt.
Más tarde, que cruzó desde Futaleufú hacia Argentina, alrededor del año 2010.
Después de eso, nada más.
Pedro todavía mantiene la esperanza.
Que alguien la haya conocido.
Que tenga hijos.
Que exista alguna noticia.
Hoy
A sus 87 años, Pedro Félix Soto González sigue viviendo en el lugar que eligió hace más de seis décadas.
El Valle León.
El campo que levantó con trabajo.
La familia que formó con Lidia.
Los recuerdos de una vida entera marcada por esfuerzo, pérdidas, decisiones difíciles y también por la satisfacción de haber construido algo propio.
Cuando mira hacia atrás, su historia es la de muchos pobladores de la Patagonia:
niños que crecieron entre montañas,
hombres que aprendieron a trabajar desde chicos,
y familias que levantaron su vida donde antes no había nada.
Pedro suele decirlo con la sencillez de quien ha vivido mucho:
—Todo lo que tengo… lo hice trabajando.
Y en esa frase, breve y directa, cabe toda una vida.
Te estuve esperando toda la vida
A veces se piensa que la vida de un hombre se mide por las tierras que trabajó, por los animales que crió o por la familia que logró levantar. Pedro hizo todo eso. Construyó campos donde antes había monte, abrió caminos donde solo existían huellas y levantó una familia con el esfuerzo silencioso de quien nunca pidió nada a cambio. Pero incluso los hombres más fuertes guardan una ausencia que el tiempo no logra llenar. Porque hay algo que ni el trabajo de toda una vida, ni los años, ni la dureza de la Patagonia pudieron borrar: el recuerdo de una niña que un día se fue y nunca volvió. Tal vez Pedro ya no recuerda con exactitud el sonido de su voz ni los detalles de su rostro, pero hay memorias que permanecen en un lugar más profundo que la memoria: permanecen en el corazón. Y quizás, después de más de ocho décadas, lo que todavía espera no es recuperar el tiempo perdido; es simplemente poder mirar una vez más a su hermana y decirle: “Te estuve esperando toda la vida.”
Un llamado desde el corazón: ayudemos a encontrar a su hermana
Después de toda una vida de trabajo en el sur de Chile, don Pedro Félix Soto González, hoy con 87 años, guarda todavía una esperanza profunda: volver a saber de su hermana mayor, a quien no ve desde que ambos eran niños.
Cuando Pedro tenía apenas dos o tres años, su madre falleció. En medio de ese momento difícil, su hermana mayor —de aproximadamente 9 años— fue llevada por unos tíos hacia el norte, a Temuco, donde habría sido internada en un colegio de monjas para estudiar. Desde entonces, la familia perdió todo contacto con ella.
Durante muchos años no hubo noticias.
Sin embargo, con el paso del tiempo surgieron algunos antecedentes que mantienen viva la esperanza:
- Se supo que vivió durante un tiempo en Puerto Montt.
- Posteriormente, registros de Carabineros indicarían que alrededor del año 2010 cruzó desde Futaleufú hacia Argentina.
- Desde entonces, no se ha vuelto a tener información sobre su paradero.
Don Pedro y su familia han realizado búsquedas a través de Carabineros, Registro Civil y familiares, pero hasta hoy no han logrado encontrarla.
Por eso, hoy hacen un llamado público.
Tal vez alguien la conoció.
Tal vez alguien escuchó su historia.
Tal vez algún hijo, hija, nieto o conocido pueda reconocer este relato.
Es posible que hoy tenga otra vida, otra familia o incluso otro apellido. Pero para don Pedro, sigue siendo su hermana, la niña que un día se llevaron lejos y a la que nunca pudo volver a abrazar.
Si usted tiene información
Si alguien cree tener algún dato, recuerdo o información que pueda ayudar a encontrarla, por pequeño que parezca, la familia agradecería profundamente que se comunique al teléfono de Lidia Serón +569 7651 4308, o contactarse directamente con Produncan Lands.
A veces, una pista mínima puede cambiar una historia completa.
Después de más de 80 años, el deseo de don Pedro sigue siendo el mismo:
saber qué fue de su hermana y, ojalá, volver a encontrarla.
Porque algunas historias no deberían terminar en silencio.
Y todavía estamos a tiempo de ayudar a reunir a una familia
Foto en Puerto Guadal
Osvaldo Verdugo - Moises Seguel - Miguel Burgo - Mardoqueo Hernández - Alberto Soto - Alberto Leichlte - Fabriciano San Martin - Bernardino Vera - Andalicio Fica - Heriberto Mansilla - Anatalio Mansilla - Julio Cabrera (Indap) - Luis Soto - Flamiño Verdugo - Julio Vera - María de la Cruz Mansilla - Segundo Hermosilla - Luis Verdugo - Luis Serón (papa Lidia) - Ernestina Beroiza - Lidia Serón - Julio Cabrera (abajo) - Victor Cruzat - Alejandrino Verdugo - Moises Seguel - Jatar Said - Raúl Soto - Raimundo Marquez - Saladino Fica
